Aprendiendo a amar sin límites

Beatificación de Joan Roig Diggle, 7 de noviembre de 2020 en la Basílica de la Sagrada Familia.

 

 
 

 

Siempre que he escuchado la frase “todos estamos llamados a la santidad” me veo a mi misma mirando hacia otro lado. Como cuando estás en una reunión, y se están dividiendo tareas, y han de asignar esa que a ti se te hace cuesta arriba y piensas “por favor, esa a mí no”. Debe ser por ese motivo, que la figura de Joan Roig Diggle, despertó mi curiosidad desde el principio.

Son muchos los artículos que se han escrito sobre él en los últimos meses, así que no reproduciré toda su vida, pero sí que destacaré algunos aspectos que creo pueden ayudar a hacerse una idea de cómo era y cómo vivió este joven barcelonés nacido en los años 10, del siglo XX.

Joan es un buen chaval, un alumno ejemplar, de trato afable con todos sus compañeros. Proveniente de una familia acomodada que, por circunstancias de la vida, sufre un duro golpe cuando llegan los problemas económicos a la empresa del padre. Esta situación les lleva a tener que trasladarse de Barcelona al Masnou y Joan se ve obligado a dejar la escuela, para trabajar y ayudar económicamente a su familia. En ese momento, el joven se incorpora como dependiente en una empresa de ropa, en el barrio del Poble Sec de Barcelona, y continúa su formación, estudiando por las noches.

Su llegada al Masnou le abre nuevas puertas y se integra a la Federació de Joves Cristians de Catalunya, donde empieza a acompañar grupos de niños y de jóvenes. Todo y que la situación social se complica, la fe de Joan y su deseo de evangelizar no dejan de crecer. Va a misa cada día y se preocupa por la mejora de las condiciones de vida de las personas más vulnerables. Es por eso que dedica mucho tiempo a formarse y a conocer la doctrina social de la Iglesia para difundirla, convencido de que es el único camino válido para acabar con la desigualdad social y promover la dignidad de todas las personas.

En julio de 1936 estalla la guerra y se acentúa un anticlericalismo exacerbado que lleva a la quema generalizada de iglesias y a la persecución y asesinato de religiosos y religiosas, de sacerdotes y de laicos y laicas. Ese mismo odio y rabia que después veríamos repetido en el 39, por los vencederos de la guerra. El mismo sin sentido, disfrazado de ideales, y vacío de razones.

También arde su amada parroquia, la Iglesia de Sant Pere, pero todo y la complicada situación política, Joan decide no esconderse y se arriesga en repetidas ocasiones recibiendo la eucaristía a escondidas y llevando la comunión a algunas personas del Masnou.

El 11 de septiembre de 1936 va a ver a su director espiritual, Mn. Pere Llumà, que debido a las excepcionales circunstancias, decide confiarle la eucaristía. Esa misma noche, miembros de las juventudes libertarias de Badalona, van a buscarle a su casa. Antes de abrir la puerta, decide comulgar. Y cuando ya se lo llevan, se dirige a su madre, para despedirse, con un “Dios está conmigo”.

Lo condujeron hacia el cementerio de Santa Coloma de Gramenet para ejecutarlo. Su único delito, su amor a Dios. Ese mismo Dios al que se encomendó segundos antes de morir y al que pidió piedad por sus captores. “Que Dios os perdone, como yo os perdono” les dijo, antes de que le disparasen cinco tiros en el corazón y uno en la cabeza. Tenía 19 años.

Después de leer muchos artículos y escritos sobre Joan no puedo evitar compararme con él. Mi manera de vivir la fe, probablemente diste mucho de su vivencia espiritual y me cuesta verme reconocida, pero no puedo negar que me fascina la valentía y la serenidad con la que afrontó su final. Esta actitud que conmovió hasta a sus asesinos, que, tiempo después, reconocieron cómo les marcó la actitud de este joven de parroquia en la hora de su muerte. ¿Hubiese sido yo capaz de perdonar a mis asesinos? ¿De convertir mi rabia, odio y dolor en amor hacia ellos? ¿De dar testimonio de Jesús hasta momentos antes de mi muerte?.

Y eso es lo que hace especial a Joan, lo que le llevó hasta la santidad. ¿Será que yo no he entendido nada aún? Que lo que me pide Dios no es más que amar sin medida a todas las personas, a aquella persona que piensa diferente, que vota diferente, a la que no reza o a la que le reza a otro Dios, a la que es injusta y egoísta, a la que me ignora o no me respeta, a la que alguna vez me ha hecho daño. Repito, a todas las personas. Incluso a aquellas que puedan desear mi muerte. Por eso creo que Joan me ha enseñado que la santidad va de eso, de amar sin límites.

Y entre todas estas preguntas y reflexiones que me invaden, resuena en mi cabeza el Evangelio de Lucas “Pero antes de eso os echarán mano y os perseguirán: os llevarán a juicio en las sinagogas, os meterán en la cárcel y os conducirán ante reyes y gobernadores por causa mía. Así tendréis oportunidad de dar testimonio de mí.” (Lc, 21, 12-13).

Si Dios quiere, en julio tendremos la oportunidad de acoger, en Barcelona, el encuentro del laicado de parroquias y la asamblea de la Acción Católica General. Un encuentro que lleva por título “Anunciar a Jesucristo con obras y palabras”. Que sepamos encontrar en testimonios de vida, como el de Joan Roig, una inspiración para anunciar a Jesucristo cada día.

Silvia Urbina