El Covid desde la fe

Testimonio de José Antonio Cano

Consiliario nacional de ACG

 
 
 

 

En primer lugar decir que era una situación que no esperaba, a pesar de llevar algunos días de no encontrarme muy bien. Como otros muchos, afectados por el Covid-19 sentía cierta fatiga, pérdida del gusto y el olfato, y algo de fiebre. Todo esto lo fui llevando, recluido en casa, pero la tarde del 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, (no se me olvidará la fecha, como a San Juan, cuando dice en su Evangelio que serían las cuatro de la tarde cuando encontraron a Jesús), cuando sintiendo que la fiebre me había subido, decidí ir a urgencias al hospital, allí me hicieron radiografías, me tomaron la tensión, la fiebre, el oxígeno y automáticamente me ingresaron.

He de confesar que ese momento para mí fue totalmente desconcertante, pues rápidamente me ingresaron en una sala tipo UCI, habilitada para los enfermos del Covid-19 y, una vez en la cama, unas ocho personas se abalanzaron sobre mí, unas en un brazo sacándome sangre, otras en el otro poniéndome un gotero, otras, rápidamente haciéndome un electro, otras haciéndome el test del virus y yo por más que pedía alguna explicación nadie me decía nada, fue el momento de estar rodeado de gente y sentir la más absoluta soledad, “ya vendrá la doctora a decirle”, me repetían una y otra vez, cuando yo preguntaba que estaba pasando.

Por fin pude hacer una llamada a mi familia para decirle que me quedaba ingresado y de alguna manera tranquilizarles, aunque no creo que sirviera de mucho.

Ya en la noche, después que la doctora vino y me dijo la situación, me subieron a una habitación totalmente solo, ¿solo? En la habitación únicamente estaba yo, en la cama, y un sillón vacío. No podía dejar de mirarlo y desear una y otra vez que hubiese alguien ahí sentado para paliar esa situación de indefensión total. Contemplándolo una y otra vez pasaban por mi mente las situaciones de tantas personas solas, abandonadas, descartadas, no podía dejar de pensar en tantos “crucificados” actuales. Y fue entones cuando empecé a sentir un extraño consuelo y una certeza: el sillón no está vacío. Es el Señor Jesús, el que de nuevo vino a mi encuentro para confortar en esa soledad y sufrimiento, sentía la necesidad de tender mi mano hacia el sillón ¿vacío?, pero no era necesario, ya Alguien había puesto la suya sobre mí.

Esos días en el hospital fueron los días donde yo, especialmente, pude tomar conciencia de mi propia fragilidad, mi propia vulnerabilidad. Una persona llena de vida, con proyectos, con planes a corto, medio y largo plazo y de pronto… se desmorona todo. No soy dueño de mi vida. La vida, que como don, gratis se me ha dado, ahora más que nunca está en las manos de Dios.

Viví sentimientos entremezclados por un lado miedo y por otro confianza. Por un lado vulnerabilidad, pero por otro fortaleza. Con la cabeza sentía y con el corazón pensaba.

Intentaba ver las noticias pero no podía. Eran los días en que los contagiados y muertos iban en aumento y cada vez que oía alguna noticia así, me golpeaba y confieso que tenía miedo a hundirme, y eso a pesar de que las pruebas que cada día me iban haciendo iban bien.

Mis pensamientos primeros se dirigían siempre hacia mi familia, y enseguida el deseo de unir ese sufrimiento al de tantos otros, muchos de ellos, en peores circunstancias que yo y a tantas familias que estaban sufriendo esa situación.

Las enfermeras que me atendían intentaban mostrar la mayor cercanía posible, aunque ya se sabe, que desde la distancia física. Cuánto necesitamos en estos momentos una caricia, un abrazo, un beso… pero al menos encontraba la palabra reconfortante y de ánimo de quien me cuidaba.

Después de cuatro días me dieron el alta hospitalaria, y salía con otras ganas de vivir y con otra disposición para afrontar la vida. ¿Planes, proyectos…? Sí, pero con la absoluta seguridad de que no soy dueño de mi vida, que mi vida está en manos de Dios.

Y no menos significativa fue mi salida del hospital. Tenía que volver a casa de mis padres, donde me encontraba al comenzar el confinamiento, pero al ser ellos mayores, era un riesgo volver allí. Y es, entonces, cuando una familia amiga se ofrece a acogerme en su casa para llevar a cabo el aislamiento necesario tras mi salida del hospital. Nunca como en ese momento entendí yo el Evangelio de Jesús descansando en casa de Lázaro, Marta y María, a pesar de los inconvenientes o perjuicios que esto pudiese producir. Si el huésped, como dice San Benito, es Cristo, como Cristo, acogido me sentí y se que esta familia, como a Cristo, me acogieron.

Entrevistade José Antonio Cano en Religión en Libertad: Ir al artículo