El Covid desde la fe

Testimonio de Lourdes Azorín

Diócesis de Madrid

 
 
 

 

Diario de un camino de muerte y vida

Hola, permitidme que me presente, soy Lourdes Azorín Ortega, nací en Yecla, Murcia, hace 61 años. Soy médico y psicoterapeuta, trabajo en Proyecto Hombre Madrid en el programa de atención ambulatoria y mantengo también una consulta privada, me apasiona mi trabajo.

Soy una mujer cristiana, pecadora amiga de Jesús. Tengo buen carácter, soy “disfrutona” y alegre sin mérito ninguno, es de nacencia. Mi marido, me miraba socarronamente y me decía: “qué feliz te veo “jodia”, yo como una tonta le decía: siii. Y tu? y me soltaba, yo no puedo caer tan bajo”, era maravilloso. Estoy razonablemente sana, yo me veo estupenda pero la verdad es que estoy goooorda como una maza.

Mi cumpleaños es el 8 de marzo y este año ha sido muy especial, en mi pueblo Yecla, me dieron una mención por mi labor social y tuve otras tres compañeras mencionadas igualmente. Fue un fin de semana muy feliz, me entrevistaron en la radio, el teatro se llenó para celebrar el “Día de la mujer”. Se reunió todo el Clan de los Ortega comimos juntos y me hinché a dar besos y abrazo.

El lunes 9 todo se precipitó: cierre de colegios, el miércoles se cerró mi centro de trabajo y nos quedamos en casa, esa semana y la siguiente aún trabajé on line y esas cosas.

El lunes 16 comencé a tener fiebre. ¡Dios mío que angustia! Estaba aterrorizada con el corazón en un puño y una garra en la garganta. Mi familia, mi pueblo… No hacía más que preguntar y averiguar cómo estaban las cosas. Los días pasaban y la garra se fue abriendo y la angustia aflojando.

Le dije a mi sobrino David que es neurólogo en Valladolid y a mi sobrina Irene, que está terminado la residencia de familia en Hellín, lo que me estaba pasando pero que no dijeran nada, ellos especialmente me acompañaron.  

No sé dónde me contagié en el trabajo, en el metro, ni idea, una inútil epidemiológicamente hablando.

El domingo 22 resucité a la calma todos estaban bien, mi familia, mis amigos y vecinos de Yecla. Me relajé y me entregué suave y mansa a la enfermedad. La fiebre siguió subiendo y la saturación bajando, y el miércoles 25 me fui a mi hospital de referencia, la Fundación Jiménez Díaz.

Llegué a las 12 de mediodía y a las 7 de la tarde me habían hecho RX, analíticas varias y el médico que me atendió se dio cuenta de que yo soy médico y tuvo la deferencia de enseñarme las radiografías, las analíticas, un desastre, pero yo me he encontrado tan bien todo el tiempo, me decía: ¿pero no tienes sensación de ahogo, fatiga? Y yo solo podía decir que no podía cantar el Magnificat ni el Resistiré, que tanto cariño le tengo porque, no os lo perdáis, es el himno de la asociación de viudas de mi pueblo.

Me ingresaron. Estuve dignamente, como corresponde a la dignidad sagrada de las personas, tratada y cuidada. Ya avisé a toda la familia y mis amigos y compañeros se fueron enterando.
Al día siguiente, la rutina del hospital me mecía. Todos hacían un esfuerzo por llamarte por el nombre, se presentaban. Soy Catalina, soy Teresa, tu médico. Soy Elena la enfermera de la tarde. Soy Dani el enfermero de la noche. Hacían comentarios personificantes: “que bien huele esta habitación, huele como a chuches”. Pero este virus hace que pierdes el olfato, la vida no tiene sabor, no puedes abrazar, aunque puedas escuchar que con afecto te pregunten: ¿Estás viendo Cachitos?, yo también los veo, me gusta mucho”.

El viernes había construido una estructura sencilla y eficaz: a las 8 a levantarse, el aseo, la colada. El desayuno, la visita de una de mis médicas. Laudes y las lecturas del día. Un par de horas de leer novelas, que no tenía ganas de otra cosa, la comida a las 13 o 13.30 h.

Después las noticias, saber y ganar, un poquito de siesta con los “animalicos” de la TVE2. La merienda. El rosario y las vísperas. A las 7 echan en la 2 un programa de cocina de una chica francesa estupendo que me abría el apetito y fantaseaba con la comida. Luego la cena y todo sabía a corcho. Un ratico de tele y a dormir.

El sábado fue duro. Mi compañera de habitación, Emiliana, una viejecica frágil como un pajarico comenzó a agonizar. Por la mañana dejaron entrar a su hija, toda protegida pero no pudo tocarla, lloraba y le decía: “mamá te quiero”. Cinco minutos.

Cada 2 horas se asomaba alguien y por la noche, del sábado al domingo a media noche cuando abrieron y me desperté todo era silencio, ya no jadeaba, Emiliana había muerto. Cuánto me consoló que la metieran en una bolsa blanca.

Ese domingo estuvo dedicado a los muertos. Manolo, el marido de Manoli y padre de Mari Carmen, el suegro de Marsina, la abuelica de Nieves, los padres de mis pacientes… Cuando murió mi marido, un 23 de diciembre, mi sobrino Jaime me consoló diciendo que el tío se habría encontrado con Carlos Cano que había muerto aquel diciembre. Estoy segura de que todos estos se habrán alegrado de encontrar a Luis Eduardo Aute.

El domingo por la tarde llegó Lucía, otra viejecica presumidilla y coqueta con una neumonía mucho más leve, pero con un síndrome vertiginoso que estoy convencida de que era angustia.  Estaba aterrada, no hacía más que decir si de esto se muero los que están enfermos, yo estoy bien.

El lunes yo me encontraba muy bien y me dejé querer y cuidar y regocijarme por todas las personas que me estaban queriendo y cuidando y acompañando. Hice un somero recuento, más de 500 persona, familia, amigos, compañeros, la gente de la Acción Católica General, la parroquia de nuestra Señora de las Delicias, los de Manos Unidas, los de la Comisión episcopal de apostolado Seglar, los de Betania. Un cosechón.

El martes ya me veía fuera, pero, aunque la evolución era muy positiva, la toxicidad renal de la medicación me hace entrar en fracaso renal agudo y el miércoles 1 de abril me quedo a ver si espabilan los riñones. Eso no duele. A “empapuzarme” de agua y a mear como una loca.

Mejoré y el viernes de Dolores nos dieron el alta. Salí del hospital a las 5 de la tarde, me perdí por los pasillos y cogí un taxi, le dije al taxista si me llevaba, que era contagiosa y que me tenía que prometer que desinfectaría el taxi. Me dijo que no me apurara que lo hacía después de cada servicio. Hacía un día precioso y me trajo a casa por pintor Rosales, el Parque del Oeste, Virgen del Puerto. Una gozada ver y sentir el sol y la luz y la naturaleza.

Llegué a casa, tuve que ir a la farmacia, hice una compra con mucho cuidado y mi vecino Dani la recogió y la dejó en la puerta de casa.

Desde entonces estoy en casa loca de contento y de agradecimiento. A ver si con soltar esta parida me tranquilizo porque voy a reventar como el lagarto de Jaén de felicidad.

Como diría mi querida María José Navarro: “ totá, que estoy tan contenta de que huelo la mierda, tengo la casa hecha una pocilga y solo he perdido 2 kilos… Ay la verdad,  qué asco ”.

 

 

Lourdes Azorín recibió un reconocimiento en su ciudad natal, Yecla, con motivo del 8 de marzo, regresó a Madrid y enseguida empezó a sentirse mal. Nos cuenta cómo ha pasado la enfermedad

Sonido de: Ona Regional. MURyCÍA. Diario de una recuperación del Covid-19