Homilía de Mons. Blazquez - 6 agosto 2017

Homilía de Mons. Blazquez - Misa clausura III Asamblea

Homilía en la Misa de clausura de la III Asamblea general de la Acción Católica General.

 

Homilía de D. Ricardo Blázquez
Clausura de la III Asamblea de ACG – Santiago de Compostela.
6 de agosto de 2017

Saludo a todos cordialmente, manifestando también mi satisfacción por encontrarnos todos juntos en este lugar santificado. A mí me recuerda, también, cuatro años como obispo auxiliar aquí en la Diócesis de Santiago; tiene por tanto referencias particulares.

Quiero, en este momento, agradecer de corazón al Sr. Arzobispo, Obispo auxiliar y a todos, por su hospitalidad tan generosa y tan cordial siempre. Aquí en Santiago se aprender particularmente la hospitalidad. Es Santiago, la tumba apostólica, la meta de tantas peregrinaciones de la historia secular y también de la historia de hoy. Aquí aprendemos a ser caminantes. Europa se fue formando peregrinando y también nosotros aprendemos el sentido de la vida humana peregrinando, porque el Camino de Santiago es una red muy amplia de itinerarios, es como una parábola de la vida humana: hemos entrado en el camino al nacer, mientras vivimos somos caminantes y justamente nuestra vida desemboca en Dios, a través del Pórtico de la Gloria. Así confiamos.

Hoy estamos celebrando litúrgicamente la fiesta de la Transfiguración del Señor y es importante que tengamos en cuenta el lugar que ocupa este episodio de la Transfiguración del Señor en la narración evangélica. Aproximadamente el Evangelio se distribuye en dos mitades: una primera parte concluye con la confesión de Pedro, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, que se había abierto con el bautismo, en que el Señor al presentar a su Hijo nos dijo a todos: “escuchadle”; y la segunda parte de la narración evangélica comienza justamente cuando Jesús hace ademán, invita a todos a caminar hacia Jerusalén, y comienza este camino hacia Jerusalén también con la invitación del Padre a que le escuchemos, porque el mensaje que en la segunda parte del Evangelio se va a ir transmitiendo es un mensaje que encuentra siempre en nosotros mucha resistencia. Desde entonces Jesús les fue manifestando que iban camino de Jerusalén, va a ser la meta Jerusalén, donde va a ser rechazado y al tercer día resucitará. Pero cada vez que el Señor, y además reiteradamente, va anunciando su intención de caminar hacia Jerusalén se encuentra con la resistencia unas veces de Pedro, otra de los hermanos Zebedeos, de su madre, otra de todos los discípulos, y el Señor no retira su intención de subir a Jerusalén más bien la ratifica una y otra vez, y nos dice que si no tomamos diariamente nuestra cruz y lo seguimos, no podemos ser discípulos suyos.

La fiesta de la Transfiguración del Señor está incluida en ese camino hacia Jerusalén, en nuestro camino hacia Jerusalén. Y la lección fundamental de la Transfiguración del Señor va a ser la siguiente: también le sigamos al Señor camino de Jerusalén. Llama la atención que los tres discípulos que van a presenciar el rostro desfigurado de Jesús en el Huerto de los Olivos son los mismos que contemplan el rostro del Señor transfigurado en el monte Tabor, para que resistan a la tentación, en el huerto, de dar la espalda al Señor. El mismo al que han visto transfigurado en el monte es el comienza su Pasión y terminará siendo glorificado. Es un camino de la cruz. La Transfiguración nos enseña básicamente lo siguiente: la cruz, la prueba, la persecución es el camino de la glorificación para Jesús y para nosotros. Llama la atención de que justamente aquí, en Santiago de Compostela, en este Domingo, cuando habéis tenido queridos hermanos, me refiero ahora a los que habéis participado en la peregrinación desde Tui, por el Camino Portugués, hasta aquí, hasta Santiago de Compostela; después de este Encuentro de Laico de Parroquias, después de la III Asamblea de la Acción Católica, justamente el Señor nos presenta ese camino delante de nosotros. Es el camino del Señor y además aquí en Santiago de Compostela. Este camino que tiene una historia larguísima, fecundísima, que de nuevo ha vuelto a ocupar un lugar señero de nuestra cultura. El Camino de Santiago no es simplemente un camino diseñado en el mapa, hasta el corazón de Europa llegan los orígenes del Camino de Santiago. No es simplemente un camino extraordinario. El camino a medida que se va recorriendo también se interioriza, vamos entrando en el camino del Señor, nos vamos dando cuenta de cuantas cosas nos sobran, de como el cansancio forma parte de la maduración de la persona, de como recorrer un día y otro, también con la mirada puesta en la meta, y la meta es el Pórtico de la Gloria, es la memoria apostólica, es el cielo. Caminando con nuestra mirada puesta en el horizonte vamos aprendiendo a vivir y esto se interioriza en cada uno de nosotros, el camino se hacer también personal, no simplemente geográfico.

Estamos ya clausurando la III Asamblea de la Acción Católica General. Yo agradezco a tantas personas lo que venís haciendo en este precioso camino que estamos retomando. Justamente aquí, en Santiago de Compostela, cobró un aliento extraordinario el comienzo de la Acción Católica, podemos decir, en el año 1948. Yo también estoy soñando, que aquí hoy, después de la peregrinación que ha precedido, del Encuentro de Laicos, de la Asamblea, también aquí hoy recibamos un impulso nuevo para la renovación en profundidad de nuestra Acción Católica General. Tened la seguridad, queridos hermanos, de que la Conferencia Episcopal ya venía, desde hacía un cierto tiempo, la promoción, el impulso, la reanimación, la revitalización de la Acción Católica General. Y también, tened la seguridad, de que cuando se nos presentó este proyecto, de Acción Católica, de nuevo rostro si queréis, en la Conferencia Episcopal fuimos experimentando una profunda satisfacción y al mismo tiempo una reanimación de nuestra esperanza. La Conferencia Episcopal, lo han dicho así reiteradamente los obispos, apoyamos, alentamos, animamos a la Acción Católica General. Seguramente ya han madurado los tiempos, porque todos los acontecimientos requieren también una cierta preparación y una cierta maduración.

Hace tiempo, nuestra Acción Católica entró en una crisis profunda. A través de tantas pruebas muchas oscuridades, muchos pervivieron. Hoy estamos en un momento en el que seguramente han madurado los tiempos para promover, de nuevo, la Acción Católica General de laicos en nuestras diócesis, en nuestras parroquias. Seguramente nos encontramos ya en una situación de una serenidad mucho mayor que la que en tantos momentos hemos tenido. En muchas parroquias, en muchas diócesis, también han ido asentándose determinados carismas que tienen derecho a enraizarse, pero necesitamos un impulso mayor que abarque a todos, a todas las parroquias, de dinamismo apostólico.

En este sentido, la Acción Católica puede, eso soñamos, eso esperamos y eso pedimos también aquí, junto a la tumba apostólica, que el Señor nos conceda una reanimación especial del impulso apostólico. Al comienzo del Decreto sobre los Laicos se hace una afirmación que justamente está iluminando otras realidades eclesiales, pero de forma particular la Acción Católica. La vocación del cristiano es por naturaleza vocación al apostolado. La vocación de todo bautizado es en sí misma llamada a la vocación misionera. Ser apóstoles, ser misioneros, no es algo como añadido, secundariamente, a nuestra vocación cristiana. En virtud del bautismo, de los sacramentos de iniciación, todos estamos llamados a transmitir la fe, a ser testigos del Señor, a ser evangelizadores. Y, justamente, la Acción Católica viene a impulsar esta vocación compartida por todos los cristianos. Después en la Iglesia hay muchas tareas, muchos servicios, responsabilidades diferenciadas, pero todos unidos en la misma Iglesia, convocados para ser enviados. Todos, como en repetidas ocasiones dice el Papa, somos al mismo tiempo discípulos y misioneros. Cuanto más discípulos seamos del Señor seremos misioneros más convincentes y cuando nuestra vida esté entregada a la misión comprenderemos mucho mejor lo que significa la existencia de nuestro Señor, que es el enviado por antonomasia. Discípulo y misionero. Y estas dos realidades ya hemos experimentado que se pueden perfectamente unir, y armonizar en la maduración de un cristiano, de cada uno de nosotros. Discípulos a los pies del Señor, aprendiendo a vivir, aprendiendo el Evangelio, en su letra y en su vida, el Evangelio en palabras y en obras, y también dejándonos enviar por Él.

¿A dónde somos enviados para ser misioneros? Apóstoles en la Iglesia y en el mundo. En todas la dimensiones de la Iglesia y en todas las dimensiones de la humanidad. No hay ningún ámbito de la Iglesia o de la humanidad que estén al margen de la espera de la palabra evangelizadora, de nuestra vida como testigos del Señor.

En la Acción Católica, además, hay un dato que resulta muy relevante: los laicos y laicas por igual, tenéis una responsabilidad singular. El ministerio apostólico tiene también una tarea de acompañamiento, pero la responsabilidad en la dirección, en la organización, en la acciones que adoptéis, en grandísima manera, depende de vuestra responsabilidad y de vuestro protagonismo. En este sentido, también la Acción Católica en nuestro tiempo tiene, si queréis, una especie como de sentido compartido con nuestra cultura, que quiere ser tan participativa. En la Iglesia ninguno somos sobrantes, en absoluto, ninguno somos imprescindibles, sólo Dios lo es, y todos nosotros somos importantes y necesarios; y la Acción Católica como fermento de una parroquia, como levadura en tantos lugares de las diócesis es muy importante para la revitalización misionera de nuestra Iglesia.

Yo me alegro de participar, con todos vosotros, en esta celebración aquí, en Santiago de Compostela. Ocupa un lugar preferente la representación de nuestra Madre, que fue bendecida en Ávila, justamente cuando se celebraba el centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Llama la atención que siempre en la peregrinación jacobea va acompañando la Madre, la Virgen, a los peregrinos en ese itinerario. María hizo la peregrinación de la fe y nos acompaña en nuestra peregrinación. Que nos acompañe también en este impulso nuevo que está recibiendo la Acción Católica. Tened la seguridad de que agradecemos profundamente vuestros esfuerzos, vuestra presencia, vuestros trabajos, vuestras ilusiones. Estamos todos en el mismo barco, remando en la misma dirección, justamente en nuestro mundo donde necesitamos que el Evangelio se haga presente con fuerza.

Dios no se ha olvidado. ¿A dónde vamos a ir al margen de Dios? ¿A dónde va nuestra Europa envejecida en un sentido peyorativo? ¿A dónde va nuestra Europa olvidando sus raíces? Aquí precisamente en Santiago de Compostela el Papa Juan Pablo II interpeló a Europa en este sentido: “Europa no te olvides de tus orígenes”. ¿A dónde vamos a ir aparcando a Dios en la vida, dándole la espalda, olvidándole? Aquí en Santiago de Compostela se refuerza la fe, se reanima la fe. Desde aquí somos impulsados para que en nuestro itinerario también nuestra peregrinación sea una peregrinación de la fe y podamos ser testigos de la fe.

Queridos hermanos, yo me alegro de estar esta mañana con todos, aquí en este lugar, en Santiago de Compostela, a dos pasos de la memoria y la tumba apostólica, donde el Evangelio resuena con una fuerza tan viva y también las raíces evangelizadoras se renuevan, se retocan, se reactivan. Que Santiago apóstol interceda por nosotros, que Santa María, la Virgen peregrina, que hizo la peregrinación de la fe, nos acompañe en el camino de la fe, nos acompañe en nuestras andaduras apostólicas por el mundo, con paciencia, con esperanza, apoyándonos unos en otros. La evangelización también se hace, preferentemente, de dos en dos, comunitariamente. Que el Señor nos bendiga a todos, permanezca a nuestro lado en medio de las oscuridades de la vida y también de los albores de la vida, porque también hay amaneceres en la vida. Que duda cabe que estamos en un amanecer