Preparando el Domingo

 “EN CANÁ DE GALILEA JESÚS COMENZÓ SUS SIGNOS”

20 de enero 2019  (II Domingo del tiempo ordinario)

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adultos 

 
  • Primera lectura ● Isaías 62, 1-5 ● “El marido se alegrará con su esposa”
  • Salmo ● Salmo 95 ● ”Cantad las maravillas del Señor a todas las naciones”
  • Segunda lectura ● 1 Corintios 12, 4-11 ● “El mismo y único Espíritu reparte a cada uno como a Él le parece”
  • Evangelio ● Juan 2, 1-11 ● “En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos”

 

A los tres días, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Jesús le dice: «Mujer, ¿qué te va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora». Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purifi caciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dijo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».
Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Juan 2, 1-11

 

 

"¿NO SABÍAIS..."

VER

 

Cualquier persona que se tome en serio su fe en Cristo sabe lo difícil que es ser cristiano, ser discípulo y apóstol. Porque la fe, para ser cristiana, ha de plasmarse y concretarse en la vida. Supone dar testimonio en la multiplicidad de las circunstancias personales, familiares, sociales, laborales… es decir, ser “santos”. Y esto conlleva asumir una serie de valores, actitudes y comportamientos. Pero muchas veces la complejidad de la realidad, y también los escasos o nulos frutos a pesar de tanto esfuerzo, nos hace cuestionarnos esos valores y comportamientos. Por eso, aunque sigamos manteniéndolos, nos preguntamos interiormente: “Y esto, ¿para qué? ¿De qué va a servir?”.

 

JUZGAR

 

En este segundo domingo del tiempo ordinario hemos escuchado el signo que Jesús realizó en una boda en Caná de Galilea. Como sabemos, se produjo una circunstancia inesperada: Faltó el vino, algo que incluso provocó un aparente momento de tensión entre Jesús y su Madre: Mujer, déjame…
En esa situación compleja, Jesús actúa y además, pide la colaboración de los sirvientes: Llenad las tinajas de agua. Y no era tarea sencilla: Eran seis tinajas de piedra… de unos cien litros cada una.
Podemos imaginarnos los pensamientos de los sirvientes, su incredulidad mientras iban llenando las tinajas: “Y esto, ¿para qué? ¿De qué va a servir? Si agua tienen, lo que no queda es vino…”
Pero María había dicho a los sirvientes: Haced lo que Él diga. Y aunque no entiendan por qué deben hacer eso, las llenaron hasta arriba, y así fueron testigos privilegiados del signo que Jesús había realizado: El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua). Su fidelidad al llevar a cabo lo que Jesús les había dicho, aunque no lo entendieran e incluso dudasen, les convirtió no sólo en testigos, sino en colaboradores para que Jesús manifestase su gloria y creciese la fe de sus discípulos en Él.
El ejemplo de estos sirvientes nos invita, como discípulos-apóstoles-santos, a revisar nuestra disposición a “hacer lo que Jesús nos dice”, aunque a veces dudemos y no lo entendamos. Y en primer lugar, recordemos lo que dice el Papa Francisco: “Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender” (EG 12). En la misión evangelizadora, que se concreta en la vida cotidiana, es Jesús quien lleva la iniciativa y nos indica lo que debemos hacer y cómo llevarlo a cabo.
Por eso, en segundo lugar, como discípulos misioneros, el Papa nos invita en Gaudete et Exsultate 23 a escuchar a Dios “en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al
Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión”. No se trata tanto de “entender y comprender” lo que debemos hacer, cuanto de estar dispuesto a llevarlo a cabo. Por eso sigue diciendo el Papa: “Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará” (24).
Y así, como discípulos y apóstoles, en tercer lugar, estaremos recorriendo nuestro personal camino de santidad, porque “todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra” (14).
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ACTUAR

 

¿Qué aspectos, valores o comportamientos de la fe cristiana me hacen preguntarme: “Y esto, ¿para qué? ¿De qué va a servir?”? ¿Estoy dispuesto a “hacer lo que Él dice”, aunque no lo entienda?
Es normal que la complejidad de la realidad cuestione nuestra fe, y como dice el Papa: “La costumbre nos seduce y nos dice que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a esta situación (…) Pero dejemos que el Señor venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los oídos, y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado” (137).
“Pidamos el valor apostólico de comunicar el Evangelio a los demás y de renunciar a hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos. En todo caso, dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor” (139), y seremos como esos sirvientes que se fiaron de Jesús, hicieron lo que Él les dijo, y fueron testigos y colaboradores en el primer signo de Jesús, para que creciese la fe de sus discípulos en Él.