Preparando el Domingo

 “¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?”

16 de diciembre de 2018  (III Domingo de Adviento)

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adultos 

 
  • Primera lectura ● Sofonías 3, 14-18a ● “El Señor se alegrará en ti”
  • Salmo ● Isaías 12,1-34bcd,5-6 ● ”Gritad jubilosos: Qué grande es en medio de Ti el Santo de Israel”
  • Segunda lectura ● Filipenses 4, 4-7 ● “El Señor está cerca”
  • Evangelio ● Lucas 3, 10-18 ● “¿Qué hemos de hacer”

 

“La gente le preguntaba: «Pues ¿qué debemos hacer?» Y él les respondía: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.» Vinieron también publicanos a bautizarse, y le dijeron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» El les dijo: «No exijáis más de lo que os está fijado. » Preguntáronle también unos soldados: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?» El les dijo: «No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra soldada.» Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.» Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva.”
Lucas 3, 10-18

 

 

"NUESTRA VIDA COMO VOCACIÓN”

VER

 

A poca sensibilidad que una persona tenga, es muy común que, al ver o escuchar noticias sobre tragedias humanitarias, desastres ecológicos, catástrofes naturales… sintamos deseos de “hacer algo”, pero a la vez, experimentamos un sentimiento de impotencia: los problemas son tan enormes que superan con creces nuestras posibilidades de acción. Y parece que no queda otra salida que el lamento y la resignación. Pero seguimos sintiendo que nos gustaría poder hacer algo.

 

JUZGAR

 

En nuestro camino de Adviento, el domingo pasado escuchábamos que Juan el Bautista predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, invitando a preparar el camino del Señor. Y hoy hemos escuchado la reacción de la gente ante esa llamada: ¿Entonces, qué hacemos?

La gente sentía deseos de llevar a la práctica lo que Juan predicaba, pero a la vez, sentía que no sabía qué hacer y cómo hacerlo, y no se resignan a quedarse sin hacer nada. Y Juan les da unas indicaciones para que vean que pueden hacer más de lo que creen:

El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo. El primer paso para la conversión, para preparar el camino del Señor, es desarrollar una “solidaridad básica”, compartir los propios bienes con quienes carecen de ellos.

Después dice a los publicanos: No exijáis más de lo establecido. Y a unos militares: no hagáis extorsión a nadie… Además de esa “solidaridad básica”, la conversión y la preparación del camino del Señor pasa también por el ejercicio de la propia profesión o actividad, sea la que sea.

Y como indicaba el material de reflexión de ACG “Laicos de parroquia caminando juntos”, aquí encontramos la clave para no quedarnos sin saber qué hacer, resignados y lamentándonos: en entender la propia vida como “vocación”.

Durante siglos se ha entendido la palabra “vocación” como dirigida sólo al sacerdocio o a la vida de especial consagración en órdenes religiosas o institutos seculares. Pero la “vocación” es la llamada que Dios hace a toda persona para que pueda encontrar la plenitud de vida que anhela, haciéndole descubrir el sentido profundo de existencia, lo que da contenido y finalidad a su vida.

Y hay un denominador común a toda persona: la vocación al amor. Nadie puede vivir sin amor, y Dios, que es Amor, y que por amor se hace hombre y se entrega hasta la cruz, nos invita a desarrollar esa vocación al amor en nuestra propia vida, en las circunstancias que cada uno tenemos con las personas con quienes nos relacionamos, empezando por la “solidaridad básica” que indicaba Juan el Bautista. Partiendo de ahí, iremos avanzando a la concreción específica en los ambientes familiares o laborales en donde habitualmente se desarrolla nuestra vida; y también descubriremos posibilidades para una acción de mayor alcance. El amor se convierte en el motor de nuestra vida vivida como vocación, como respuesta al Amor de Dios manifestado en su Hijo hecho hombre, y nos saca de la indiferencia, de la pasividad, del simple lamento, de la resignación.

 

ACTUAR

 

¿En alguna ocasión he experimentado sentimiento de impotencia ante los problemas? ¿Entiendo mi vida como vocación? ¿Qué acciones concretas podría llevar a cabo “por amor”?

Preparar el camino del Señor debe tener como base entender nuestra vida como vocación, como respuesta a Su llamada. Pero para que todo esto no quede en pura teoría, necesitamos la Eucaristía, porque es el momento del encuentro real con Cristo. Y, si participamos de manera consciente, la Eucaristía nos saca del aislamiento de una fe vivida en solitario: entenderemos la necesidad de formar Equipos de Vida, en los que las personas puedan formarse, orar, celebrar y compartir la vida e iluminarla a la luz de la Palabra de Dios. Ahí la persona aprende a ir haciendo vida el encuentro con Cristo, iluminando a la luz de la fe todas las dimensiones de su vida.

Descubrir lo que Dios nos está pidiendo a cada uno supone escucharle en lo pequeño, en el día a día, para responderle viviendo desde la fe en clave de servicio. Así, cuando surja la pregunta que hacían a Juan el Bautista: ¿Entonces, qué hacemos?, no caeremos en el lamento y la resignación, porque tenemos la respuesta: vivir nuestra vida como vocación.