Entrevistas III Asamblea ACG: José Fernando Almazán

José Fernando Almazán,
Presidente de la HOAC




 

 

1.- Por favor preséntese, ¿quién es?, ¿de dónde viene?
Jose Fernando Almazán, 51 años, casado, dos hijos, nacido y residente en Madrid, ingeniero.

2.-¿Pertenece a Acción Católica o forma parte de alguna asociación eclesial?
Militante de HOAC desde 1990. Presidente desde septiembre de 2013.

3.- ¿Ha tenido la oportunidad de profundizar en el material ‘Laicos de parroquia caminando juntos’? ¿Qué le ha parecido?
Sí, he tenido ocasión de leerlo. Me parece un documento muy interesante y útil en el marco del proceso de construcción desde claves renovadas de una realidad asociativa muy importante como es la Acción Católica General. Pienso que aporta claves necesarias para avanzar en la clarificación comunitaria de lo que pretende ser y hacer ACG hoy y en el futuro próximo para dar respuesta a la misión evangelizadora que la Iglesia española le ha encomendado desde su presencia y acción en las parroquias.

4.- Nos hemos propuesto caminar con los laicos de parroquia para generar una cultura vocacional que nos lleve a ser discípulos misioneros, ¿dónde cree que deberíamos poner mayor fuerza y hacia dónde considera que podríamos avanzar?
Empezaré diciendo que vuestra tarea no me parece nada sencilla. Algunas razones por las que digo esto:

  •  La realidad actual de las parroquias en nuestro país. En su mayor parte, la vida parroquial gira alrededor de comunidades normalmente pequeñas compuestas por personas mayores o muy mayores en las que no se aprecia ni renovación ni rejuvenecimiento sino más bien al contrario sin existir una actividad de Iglesia en salida. También la edad media del clero diocesano es cada vez mayor, asunto que es objetivamente, y que también se vive, como un verdadero problema. Además, en la mayor parte delas parroquias la actividad formativa es muy escasa, las celebraciones de la eucaristía tienen poca incidencia en la vida diaria y nos falta un acción caritativa abordando las causas y mitigando las consecuencias.
  • El estilo pastoral que prevalece, la pastoral de conservación. En muchas parroquias, probablemente por la realidad de pobreza en número de personas, en edad, en la que se encuentran olvidándonos de alguna manera de la necesaria apertura y diálogo con el mundo. Estos tiempos requieren otra manera de ser cristiano, otra manera de ser y hacer parroquia, mucho más profunda y fundamentada, mucho más alegre y esperanzada para poder ser realmente evangelizadores en esta nueva realidad.
  • El estilo de pertenencia a la Iglesia: parroquialidad frente a diocesaneidad. Venimos también de una larga tradición en la que los cristianos estamos mucho más vinculados a la parroquia que a la Iglesia diocesana. Pero quizá en nuestro país, por razón de la historia de la que venimos, se ha cuidado mucho menos la formación de la vinculación de los cristianos con la Iglesia diocesana y universal, que, desde el punto de vista de la fe, es radicalmente más importante que todo lo demás.
  • El alejamiento de las personas de la Iglesia ¿y viceversa? Es necesario hacernos preguntas. La Iglesia, nuestras parroquias, ¿son lugar de acogida, encuentro, cariño, esperanza, para la gente que sufre hoy: enfermos, ancianos, … pero también mujeres maltratadas, desempleados, inmigrantes, sin papeles, refugiados,…? ¿Esperamos a que vengan o salimos a su encuentro? Probablemente para ser realmente evangelizadores tengamos que cambiar. Personal y comunitariamente, como parroquias y como Iglesia. La Iglesia “en salida” del Papa va por ahí. Hacer lo mismo, a la manera de siempre, no es salir. Hacer dentro, solamente, y aunque lo hagamos muy bien, no es salir.
  • La necesidad de usar otras claves, de volver a las fuentes. Sin duda vivimos tiempos de dificultad, una época de cambios, un cambio de época. En caso de duda, de no saber, siempre hay que tener la valentía de volver a la fuente original y poner en cuestión todo lo demás que estorbe para responder a nuestra misión. El reto insoslayable es ir siendo y reconstruyéndonos como “Iglesia en salida”. Y entender ese “en” con un doble sentido: Como lugar preferente donde el que estar y en el que encontrarse hoy con Jesucristo y la Iglesia en salida significa no solo “moverse hacia” sino permanecer allí, vivir allí.

5.- Nos planteamos dos retos fundamentales para nuestro encuentro con la sociedad de hoy: El diálogo con la increencia y el desarrollo de una ética común, ¿cuál piensa que es el papel de las parroquias en estos dos retos?
En mi opinión es muy importante dialogar sobre la tarea y sobre los retos enfocándolos desde la personalización del problema, de lo que es necesario hacer cada cristiano, cada parroquia, para desarrollar la propia fe y para ser evangelizadores en este mundo tan complejo y tan maltratado como en el que vivimos. Y también es muy importante jerarquizar los problemas y acertar con la manera de mirar.
Probablemente la parábola del buen samaritano nos enseñe a enfocar correctamente el problema y cómo empezar a actuar. Sin ese com-padecernos no hay comprensión posible, para los demás y para nosotros mismos, de cuál es nuestra misión primera y de la pedagogía que estamos llamados a desarrollar .En ese com-padecernos, en esa lógica del don, nos encontraremos con compañeros de camino, creyentes o no, con los que estamos llamados a compartir y trabajar esa ética común a la que hace referencia vuestra pregunta, desde la comunión de valores y de acciones por el restablecimiento de la dignidad de los descartados.
Hemos de estar siempre vigilantes a que nuestros retos y tareas sean lo más concretos posibles y siempre con la vista puesta en los de abajo. Desde esa autenticidad y fidelidad al Mensaje encontraremos las fuerzas y los argumentos para dar razón de lo que somos y para encontrar a quienes están en esa misma tarea, sean creyentes o no.  

6.- ¿Cómo cree que podemos conseguir una implicación coherente de los cristianos en el mundo del trabajo, la familia, la política, la cultura?
Formando en la fe. Nuestra fe se hace y se vive en la vida. Lo incoherente sería plantearnos nuestra fe exclusivamente en el ámbito de lo privado. Esa no es la fe de Jesús, la fe de la Iglesia. Por tanto, toda nuestra actividad familiar y social debe ser iluminada por nuestra fe, incluida toda nuestra actividad familiar, cultural, social, política, sindical, de negocio, de ocio,… Toda.
La persona es un ser social por propia constitución y naturaleza. Se hace en el contacto y la relación con las demás personas a lo largo de su vida. La persona aislada no se desarrolla, está mutilada. Estamos hechos para la vida en comunión como nuestro Dios, uno y trino.
Y si la humanización se desarrolla en la relación con los demás, desde el escalón más básico como es la familia, todo lo que gobierna y organiza esas relaciones, lo que llamamos sociedad, la política, la cultura. Los cristianos estamos llamados a estar presentes en los lugares donde eso se produce. Es indispensable por razón de nuestra fe. Y a hacerlo no desde la diferencia sino como levadura en la masa, independientemente de la opción concreta donde nuestro compromiso -palabra a rescatar- se desarrolle, y siempre con el objetivo de que en las organizaciones en las que decidamos ejercerlo se busque cada día y en primer lugar, explícita o implícitamente, hacer realidad los valores del Reino.